por Federico Soñez
A la librería Códice le llegó un solo ejemplar de “Pueblos Fumigados”, el informe de Jorge Rulli acerca de la criminalidad con que se usa el más que tóxico glifosato. El 28 de junio una lista integrada por tres empresarios sojeros obtuvo el triunfo en Entre Ríos.
La estimación sobre la próxima campaña agrícola arroja un número concluyente: el 70% de la superficie sembrada, como mínimo, se dedicará a la soja. Los cereales, la ganadería: en franco retroceso.
A diferencia del viejo modelo agro exportador, la producción del cultivo transgénico se parece mucho más a la economía de las plantaciones coloniales de azúcar, banana o algodón. También sus emergentes políticos están más cerca de aquellos señores del saqueo y el esclavismo que de los antiguos liberales argentinos.
¿Puede alguna capacidad política pública revertir esta situación? Naturalmente, aunque supone un combate triunfal de las fuerzas populares.
Una política de Estado jamás es producto de un consenso entre intereses antagónicos. Una política de estado siempre es producto de una victoria.
Un ejemplo nítido es la educación pública, gratuita y obligatoria en Argentina. Si los liberales no hubiesen derrotado a los católicos reaccionarios no hubiésemos conocido nada parecido a la escuela. Aquella clase dominante tenía un proyecto de nación. La actual, apenas de saqueo. La diferencia entre Mitre y Reutemann arruina cualquier patrón de medida.
Para las fuerzas populares es decisivo saber que el combate no puede limitarse a la distribución de la riqueza. Mucho menos, claro, a defender a los pequeños sojeros contra los grandes o a maldecir a los pooles de siembra.
En 1847 aparece un libro que comienza a derrotar la visión de que la pelea popular es por la distribución. Su título: “Miseria de la Filosofía”. Desde entonces Karl Marx comienza a profundizar una investigación que demuestra de manera concluyente que el problema no es la distribución o el cambio, sino la producción. La teoría crítica de Marx sostiene que para avanzar hacia un nuevo metabolismo social no se necesita apenas otra distribución (es decir abolir la propiedad privada o el mercado) sino otra producción (lo que supone no solo cómo se produce sino qué se produce).
Permanecer encerrado en la pelea por la distribución de la riqueza sólo conduce a fracasar una y otra vez.
Marx demuestra que el objetivo de la producción capitalista no es otro que la plusvalía. Para lograr esto no importa qué tipo de mercancía se produzca (commodity significa literalmente mercancía), lo que importa es que tenga la forma dual de la mercancía. Es decir que sea una cosa y además que tenga valor. Como valor la mercancía es distinta de si misma en tanto que producto.
¿Qué importa entonces que los argentinos coman asado de carne y no de soja, o pan de trigo y no de soja? Por otra parte, siempre se puede hacer leche de soja ¿no? Como valor las mercancías son cualitativamente iguales. Solo son cuantitativamente diferentes, es decir solo difieren por la cantidad de valor en que se intercambian.
Si como se dice en el lenguaje vulgar, producir soja es lo más rentable ¿por qué producir otra cosa si el fin de la producción capitalista es la producción de valor?
Pueblos fumigados, hombres explotados o sobrantes, naturaleza violentada, sojeros diputados. El desarrollo de un horizonte no capitalista es central para constituir una capacidad política popular.