por Antonio Brailovsky
La inundación de la ciudad de Santa Fe fue vista como un evento casi accidental. Fue necesario que el huracán Katrina destruyera Nueva Orléans para que muchos comprendieran que el cambio climático no es solamente un hecho natural. Si un evento de origen natural afecta de peor manera a quienes son negros y pobres, estamos ante situaciones de profundas consecuencias sociales.
Los fenómenos ambientales ocurren y nuestra dirigencia politica es la última en enterarse de sus implicancias y, a menudo, de su misma existencia.
A pesar de ello, no estamos trabajando como sociedad en lo esencial del cambio climático, que es: ¿cómo nos adaptamos a una época con mayores inundaciones en las zonas húmedas y sequías más intensas en las zonas áridas y semiáridas?
Nuestros dirigentes no se plantean estas preguntas y cuanto antes logremos incorporarlas a la agenda política, vamos a estar mejor preparados para los tiempos difíciles que se vienen. Por eso, este mensaje es un recordatorio de la necesidad de ocuparnos del tema y reclamar que las autoridades cumplan con su parte.
El texto que sigue expresa el desconcierto de las personas cuando se producen cambios inesperados en los parámetros del clima:
TITANIA: -Todo eso son ficciones de los celos. Desde el principio del verano no nos hemos encontrado en cerro, valle, prado o bosque, junto a fuente pedregosa o arroyo con juncos o a la orilla arenosa de los mares, bailando al son del viento, sin que tú nos perturbes la fiesta con tus quejas.
Los vientos, silbándonos en vano, como en venganza, sorbieron de la mar brumas malsanas que, al caer en la tierra, han hinchado de tal modo los ríos más menudos que los han desbordado de su cauce.
El buey ha tirado inútilmente del arado, el labrador ha malgastado su labor y el trigo verde se ha podrido aún tierno. En el campo anegado el redil está vacío y los cuervos se ceban en las reses muertas. El terreno de los juegos se ha embarrado y, por falta de uso, los senderos apenas se distinguen invadidos de hierba.
Los mortales añoran los gozos del invierno: ni cánticos ni himnos bendicen ya la noche. Tú has hecho que la luna, que rige las mareas, pálida de furia bañe el aire causando multitud de fiebres y catarros.
Con esta alteración estamos viendo cambiar las estaciones: la canosa escarcha cae sobre la tierna rosa carmesí y a la helada frente del anciano Invierno la ciñe, como en broma, una diadema de fragantes renuevos estivales. Primavera, verano, fecundo otoño, airado invierno, se cambian el ropaje y, viendo sus efectos, el aturdido mundo no sabe distinguirlos.
William Shakespeare: “Sueño de una noche de verano
Está tomado de la comedia “Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare. Fue escrito hacia 1585, y tal vez esté reflejando los cambios ocurridos en la vida cotidiana de Inglaterra durante la llamada “Pequeña Edad del Hielo”, iniciada en el Renacimiento y culminada hacia 1850. Es decir, un fenómeno opuesto al actual calentamiento global. En ese tiempo se abandonaron amplias zonas de cultivo y los glaciares avanzaron sobre muchos poblados de Europa. Los climas más fríos hicieron que la madera de los árboles fuera más densa; a esto se atribuye parcialmente el extraordinario tono de los violines de Antonio Stradivarius.