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Rechazaron denuncias sobre lácteos contaminados

por Antonio Elio Brailovsky

Hace unos meses, un grupo de ciudadanos presentamos ante la Justicia un estudio de la Universidad de Buenos Aires que encontró residuos de plaguicidas en lácteos destinados al consumo infantil. El Juez archivó la causa “por inexistencia de delito”.

Para peor, había plaguicidas en el 90 por ciento de las muestras de productos lácteos analizadas por esa Universidad y algunos eran químicos extremadamente tóxicos y prohibidos en el país y en casi todo el mundo.

Hicimos la presentación en forma conjunta con la ONG Justicia Ambiental, y con el patrocinio de los abogados Félix Isla y Hugo Linares. Pedimos que se ampliara la investigación, para ver:

* Si se encontraban niveles especialmente altos de esos plaguicidas en otras muestras de lácteos.
* Si se trataba del resultado de una contaminación antigua o si se seguían vendiendo plaguicidas que estaban prohibidos desde hacía muchos años.
* Si alguna de las empresas lácteas tenía una planta especialmente destinada a vender a los Estados Unidos productos libres de plaguicidas, tal como indica una publicación del Banco Interamericano de Desarrollo.

El Juez que recibió la causa la archivó “por inexistencia de delito”. El tema lo tomó el Fiscal Ambiental, quien hizo lo mismo. Pedimos se reconsiderara y nuestro pedido fue desestimado.

Lo interesante del caso es que tanto el Juez como el Fiscal llamaron a declarar a la investigadora de la UBA que hizo los análisis de lácteos, quien en su declaración contradijo los resultados de la investigación:

* Dijo que los niveles de plaguicidas encontrados eran muy pequeños y que no podían afectar la salud. Sin embargo, su investigación dice que el consumo diario de esos lácteos provocaría que los niños superaran la ingesta admisible de uno de los productos más tóxicos, el heptacloro. Es decir, que consumir esos lácteos podía provocar intoxicaciones acumulativas en el largo plazo.

* También contradijo sus recomendaciones, ya que éstas dicen que las empresas deberían elaborar los lácteos infantiles con niveles cero de plaguicidas. Si -como ella dice- los niveles actuales de plaguicidas no afectarían la salud, ¿para qué hacer una recomendación inútil?

* Por último, consideró una buena noticia haber encontrado un 10 por ciento de muestras limpias de plaguicidas. Previsiblemente discrepamos: para nosotros es una mala noticia haber encontrado un 90 por ciento de muestras contaminadas.

A pesar de las contradicciones evidentes (y que nosotros señalamos en nuestro escrito) tanto el Juez como el Fiscal se dieron por satisfechos y cerraron la causa. Tratemos de comprender qué ocurrió, evitando la fácil acusación a las personas involucradas. Creo que la explicación tiene que ver con que aún no hemos incorporado el riesgo ambiental al ejercicio de nuestras respectivas profesiones:

* Desde el punto de vista del Juez y del Fiscal, creo que aún no tenemos una percepción del rol de la Justicia en prevenir y evitar el daño ambiental. Para su mentalidad, para su formación “o castigamos a alguien o no hacemos nada”. En consecuencia, no se les ocurrió aceptar nuestro pedido de obligar a las empresas a hacer lo mismo que la UBA les recomendaba: usar leches libres de plaguicidas en la elaboración de productos para consumo infantil.

* En el caso de la investigadora de la UBA está el peso de toda nuestra formación académica. Desde que ingresamos a la Universidad nos enseñan que el rol del científico es producir informes de investigación y publicarlos (en lo posible, en inglés). Pero, ¿en qué momento de la carrera nos dijeron que la ciencia tiene que estar el servicio de la sociedad que la sostiene? ¿Alguien nos está recordando todo el tiempo que los números de una investigación pueden ser vidas humanas amenazadas y que tenemos un imperativo ético para actuar?

El verano y lo ritmos de la Naturaleza

por Antonio Brailovsky

La inundación de la ciudad de Santa Fe fue vista como un evento casi accidental. Fue necesario que el huracán Katrina destruyera Nueva Orléans para que muchos comprendieran que el cambio climático no es solamente un hecho natural. Si un evento de origen natural afecta de peor manera a quienes son negros y pobres, estamos ante situaciones de profundas consecuencias sociales.

Los fenómenos ambientales ocurren y nuestra dirigencia politica es la última en enterarse de sus implicancias y, a menudo, de su misma existencia.

A pesar de ello, no estamos trabajando como sociedad en lo esencial del cambio climático, que es: ¿cómo nos adaptamos a una época con mayores inundaciones en las zonas húmedas y sequías más intensas en las zonas áridas y semiáridas?

Nuestros dirigentes no se plantean estas preguntas y cuanto antes logremos incorporarlas a la agenda política, vamos a estar mejor preparados para los tiempos difíciles que se vienen. Por eso, este mensaje es un recordatorio de la necesidad de ocuparnos del tema y reclamar que las autoridades cumplan con su parte.

El texto que sigue expresa el desconcierto de las personas cuando se producen cambios inesperados en los parámetros del clima:


TITANIA: -Todo eso son ficciones de los celos. Desde el principio del verano no nos hemos encontrado en cerro, valle, prado o bosque, junto a fuente pedregosa o arroyo con juncos o a la orilla arenosa de los mares, bailando al son del viento, sin que tú nos perturbes la fiesta con tus quejas.

Los vientos, silbándonos en vano, como en venganza, sorbieron de la mar brumas malsanas que, al caer en la tierra, han hinchado de tal modo los ríos más menudos que los han desbordado de su cauce.

El buey ha tirado inútilmente del arado, el labrador ha malgastado su labor y el trigo verde se ha podrido aún tierno. En el campo anegado el redil está vacío y los cuervos se ceban en las reses muertas. El terreno de los juegos se ha embarrado y, por falta de uso, los senderos apenas se distinguen invadidos de hierba.

Los mortales añoran los gozos del invierno: ni cánticos ni himnos bendicen ya la noche. Tú has hecho que la luna, que rige las mareas, pálida de furia bañe el aire causando multitud de fiebres y catarros.

Con esta alteración estamos viendo cambiar las estaciones: la canosa escarcha cae sobre la tierna rosa carmesí y a la helada frente del anciano Invierno la ciñe, como en broma, una diadema de fragantes renuevos estivales. Primavera, verano, fecundo otoño, airado invierno, se cambian el ropaje y, viendo sus efectos, el aturdido mundo no sabe distinguirlos.

William Shakespeare: “Sueño de una noche de verano


Está tomado de la comedia “Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare. Fue escrito hacia 1585, y tal vez esté reflejando los cambios ocurridos en la vida cotidiana de Inglaterra durante la llamada “Pequeña Edad del Hielo”, iniciada en el Renacimiento y culminada hacia 1850. Es decir, un fenómeno opuesto al actual calentamiento global. En ese tiempo se abandonaron amplias zonas de cultivo y los glaciares avanzaron sobre muchos poblados de Europa. Los climas más fríos hicieron que la madera de los árboles fuera más densa; a esto se atribuye parcialmente el extraordinario tono de los violines de Antonio Stradivarius.

El cambio climático en la Argentina

por Antonio Elio Brailovsky

Tal vez la mejor publicidad para la película de ciencia-ficción “El día después de mañana” la haya hecho el Presidente George Busch, al prohibirle a los científicos de la NASA hacer comentarios públicos sobre ella. De este modo, trataba de eludir las críticas por no haber firmado el Protocolo de Kyoto ni haber puesto en marcha una política efectiva para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Lo hizo con el argumento de que no existía certeza en la comunidad cientifica sobre las características y consecuencias del cambio climático global.

Todas las sociedades humanas se desarrollan suponiendo un cierto tipo de condiciones climáticas. El clima es, para nosotros, un eje organizador y una hipótesis implícita de continuidad. Edificamos a una cierta distancia del río, porque allí vamos a tener facilidad de abastecimiento de agua pero, al mismo tiempo, nos vamos a ver libres de inundaciones. Si comienza a llover más que antes, nuestras ciudades se inundarán. Si llueve menos, tendremos problemas para el abastecimiento de agua. Es decir, que en la mayor parte de las actividades humanas tenemos hipótesis implícitas de regularidad climática.

Los nómades primitivos (como los judíos de la primera parte del Antiguo Testamento) dependían del clima del momento presente, y ése fue el principal motivo para volvernos sedentarios. Huyendo de esa forma de vulnerabilidad, nos volvimos sedentarios y comenzamos a construir ciudades. Sólo que, al dejar de ser nómades, cambiamos la forma de vulnerabilidad ante el clima. Dejamos de estar tan atados al clima del momento presente, al sol y a los pastos, y comenzamos a crear estructuras rígidas, que se vuelven vulnerables a los cambios que tiene el clima en el mediano y el largo plazo. Cuanto más grandes las ciudades y más complejas son las obras humanas, mayor es su rigidez, y es también mayor su vulnerabilidad ante las variaciones climáticas. Por los condicionamientos que nos impone nuestra cultura, nos resulta difícil de percibir la magnitud de sus efectos sobre las sociedades humanas.

A lo largo de la historia, el clima ha cambiado muchas veces. La Grecia clásica surgió en un momento de clima favorable en el Mediterráneo, que permitió destinar parte de los excedentes a construir la democracia y el Partenón.

Para dar un ejemplo opuesto, la Roma antigua se desarrolló en una etapa mucho más seca, y eso explica la proliferación de grandes acueductos en las ciudades romanas, ya que los ríos no alcanzaban a abastecer a su población urbana. Hay historiadores que sostienen que la decadencia del Imperio Romano influyeron los cambios climáticos ocurridos en los primeros siglos de la era cristiana. Afirman que hubo un momento en que se cruzó un límite agroecológico y se hizo cada vez más difícil alimentar y sostener una ciudad de un millón de habitantes.

Tuvimos una Edad Media bastante cálida y un Renacimiento tan frío, que los climatólogos usan la expresión “pequeña edad del hielo” para referirse al período que va desde el descubrimiento de América hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Estos cambios han sido habituales en nuestro planeta. Sin embargo, esta vez hay una diferencia cualitativa: es la primera vez en la historia humana que nuestra conducta como especie está cambiando el clima de la Tierra. Tal vez estemos acelerando y profundizando un proceso natural que, sin la acción humana, se hubiera dado con mucha mayor lentitud y un menor impacto sobre nuestra vida.

A partir de la revolución Industrial iniciada en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, la nuestra es una civilización del humo. Desde ese momento, estamos lanzando a la atmósfera gases que están cambiando las condiciones térmicas del planeta y provocando el efecto invernadero. En una habitación cerrada, los rayos del sol, al atravesar un vidrio, transforman su energía lumínica en calor. Lo mismo hacen con nuestra atmósfera los gases que emiten sin ningún control millones de automóviles y de industrias.

Así, desde mediados del siglo XIX, la temperatura no ha dejado de subir, pero ahora el ritmo se va acelerando. La contaminación hace que lo que en otras épocas ocurría con lentitud, ahora suceda un ritmo que hace muy difícil la adaptación.

Para agravar las cosas, cuando se conoció el fenómeno y sus riesgos, se esperaba una respuesta de los dirigentes políticos de las grandes potencias, que no están actuando a la altura de la situación. Si el cambio climático ya es inevitable, lo que nos queda es establecer una estrategia de adaptación. Y para eso, lo mejor es tener una idea de lo que puede ocurrir en la Argentina. Saber lo que se viene es la mejor manera de poder actuar sobre eso.

Por una parte, va a hacer más calor, pero sólo en promedios generales. Esto va a alcanzar para cambiar la intensidad de los vientos. Como consecuencia de eso, muchas de las nubes cargadas de lluvia no van a llegar al interior del país, sino que van a dejar su carga en las zonas costeras. Esto significa que en Argentina vamos a tener una combinación de grandes lluvias (y por consiguiente, de inundaciones) en las zonas costeras con sequías en el interior del país. Es decir, que las situaciones extremas van a agravarse cada vez más.

¿Cuándo va a pasar esto? Ya está ocurriendo, sin que nos demos cuenta. La mayor frecuencia de avisos de alerta meteorológico de los últimos tiempos es sólo un anuncio de lo que se viene. La propia Buenos Aires se inunda cada vez más, a pesar de las obras que se vienen haciendo para paliar el problema. Una de las razones es que ahora llueve el doble de lo que llovía un siglo atrás, cuando se diseñaron los desagües. Por eso no tiene sentido atribuir toda la responsabilidad de cada inundación al Gobierno de turno, ya que se trata de un problema que fue construyéndose de a poco durante mucho tiempo. Y la cosa recién comienza. No sabemos cuánto tiempo va a pasar para que el nivel de lluvias en la ciudad vuelva a duplicarse, pero seguramente va a ser mucho menos que en el pasado.

Se habla del derretimiento de los hielos de los casquetes polares. No parecen verosímiles las hipótesis de ciencia-ficción, de un ascenso de varios metros en el nivel del Mar Argentino. Sin embargo, no hace falta mucho para producir desastres, aunque esos desastres no tengan la misma forma que los de la película. Es probable que un ligero aumento del nivel del mar provoque una intrusión marina que entre por Laguna Mar Chiquita, próxima a Mar del Plata y ocupe todo el centro de la Provincia de Buenos Aires, especialmente las lagunas encadenadas. Es decir, que podemos llegar a tener un amplio espacio de mar en el interior de la Provincia de Buenos Aires, ocupando la zona que los geógrafos llaman la “cuenca deprimida del Salado”. Ciudades como Chascomús, Lobos, Monte, etc., pueden seguir el destino de Carhué, que estuvo largo tiempo debajo del agua.

Tormentas marinas más intensas pueden aumentar la erosión costera, lo que significará perder toda la arena de las playas de Gesell, Pinamar, San Clemente, etc. De los balnearios de esa zona, nos va a quedar apenas una larga península, separada del continente por un brazo de mar, y con el agua llegando hasta el borde de las costaneras, ya que la erosión se irá llevando la arena de las playas. Aquellos que hayan visto la costa de San Clemente durante una sudestada con marea alta, pueden tener una idea bastante clara de cómo pueden quedar la mayor parte de nuestros balnearios en el futuro.

Esas mismas tormentas pueden afectar la ciudad de Viedma, a apenas 2,5 metros sobre el nivel del mar, estará en peligro y tal vez tenga que ser abandonada. Viedma ya pasó por una experiencia de destruccion completa por un huracán del sudeste a fines del siglo XIX y puede correr riesgos semejantes si el cambio climático avanza. Lo que es un argumento más sobre la irracionalidad que significó aquél intento de trasladar la capital de la Argentina a esa ciudad.

En las ciudades que están en la costa de los grandes ríos, barrios enteros van a tener inundaciones muy frecuentes y tal vez tengan que ser evacuados en forma permanente. Esto va a afectar a toda la zona costera del Gran Buenos Aires, desde Quilmes hasta Tigre. Pero también irá más allá, llegando hasta Resistencia, Formosa y Posadas. Hasta ahora nadie se ha atrevido a hacer un pronóstico serio de lo que puede ocurrir con algunas zonas elegantes ubicadas cerca del agua, como por ejemplo Puerto Madero.

En las zonas secas, las menores lluvias disminuirán el caudal de los ríos. Esto hará que Mendoza y San Juan tengan que reducir sus áreas de riego. Otras ciudades, que dependen de ríos de menor caudal, probablemente no puedan ser abastecidas y deban evacuarse. La Rioja puede ser la primera de una serie de ciudades en peligro por una sequía permanente.

La economía del país cambiará porque algunas zonas dejarán de ser aptas para los cultivos actuales, algunas veces por falta y otras por exceso de lluvias. Habrá también cambios en las condiciones sanitarias, al extenderse las enfermedades tropicales y subtropicales como el dengue y la leptospirosis.
Cada una de estas situaciones requiere de la organización derespuestas, tanto en el terreno agronómico como urbanístico y sanitario. Es el momento de definir estrategias de adaptación en el corto, mediano y largo plazo, para un país que está cambiando. ¿En cuánto tiempo? En el curso de nuestras propias vidas.

La contaminación y la guerra

por Antonio Elio Brailovsky

A veces olvidamos que la peor forma de contaminación y de deterioro del medio ambiente es la guerra. A menudo se silencian sus efectos, en nombre de una política mal entendida. Por eso mis­mo, nos interesa destacar de qué modo y hasta dónde la actividad militar puede ser contaminante, tanto en la guerra declarada como en la preparación para la guerra.